Mis ojos se cierran con los primeros rayos del amanecer, viendo el reflejo de mis sombras proyectándose, la oscuridad ya no puede ocultarlas.
El amanecer es ese punto que casi llega a ser pero que no es, ese punto antes de las consecuencias; un punto muerto que desvela mis realidades unos segundos antes de que me abrumen. Me agrada lo que siento en ese lapso de segundos, es como si me regalaran una bocanada de aire para mantener la cordura unas horas más; algo que parece poco creíble pero que no logra defraudarme por completo.
La mañana llega a su fin y sus ojos descienden. Cuando mis parpados se abren la soledad y agonía que desprende el ambiente me da la nostalgia que alimenta mis emociones mas profundas. Despejo los cabellos de mi rostro y contemplo el techo, -Es un nuevo día, debo levantarme, debo salir de la cama...es la misma página que leí ayer, aún así debo releerla para saltar a la siguiente- aunque me diga eso se que mañana leeré la misma página que hoy.
Por fin inclino mi espalda de modo que mis antebrazos soportan todo el peso de mi cuerpo, mi recipiente se reclina y por unos segundos observo la luz que atraviesa la cortina salmón de la ventana frente a mi, luego tiro el acolchado color cuervo a un lado y dejo caer mis pies de la cama, inhalo profundo y comienzo a leer la página.
Luego de la tormenta, el cielo gris le roba la vida a cada objeto de la casa, hasta el mas vivo árbol de navidad ha perdido su elegancia, ahora con un verde opaco y unas luces que apenas titilan, desteñidas por el agua que no las ha tocado, se muestra con orgullo en la esquina consiguiente a la chimenea.
A pesar de la tormenta no hace frío, en cambio el aire parece no circular a pesar de ver como las copas de los arboles son azotadas sin piedad fuera de esta bóveda de ladrillo y piedra.
Me dirijo al refrigerador, saco la jarra con té y vierto el líquido en un vaso de vidrio con círculos de colores como decorado. Ver como el verde enmarronado del té le quita la vida a las pintas de colores me hace soltar una risita irónica mientras tomo un cuchillo y corto un gajo de manzana, lo coloco dentro del vaso y camino al sofá del salón; a continuación enciendo el televisor y rebusco en los canales algo que valga la pena, pero solo son películas que ya vi o no deseo ver, hasta que encuentro una serie policial, en realidad no planeaba ver nada así que suelto el control y le doy un sorbo al té helado ; en consiguiente escuchar un grito, el corazón me da un brinco , inmóvil giro mi cabeza para contemplar el monitor de la computadora, oigo las risa de un desconocido a la par con la de mi hermana menor, -La computadora- pensé al paso que me recomponía. Solo yo asustarme por un tonto vídeo, le exijo que baje el volumen y vuelvo a dar un sorbo al té.
Estaba aburrida, esperaba que algo surgiera pero como ya me lo temía nada sucedió. Decidí entonces hablarle a Emma para que nos viéramos, tome el celular y le escribí -Hola Em, podemos vernos hoy?, a lo que rápidamente contestó - Lo siento, mejor nos vemos mañana- no suelo enojarme por sus negativas, pero el problema es que hoy no era un buen día, Emma es de esas personas que nunca tiene excusas excepto cuando no está bien, así que sabía que su negativa no era nada bueno -Porque no hoy?- le pregunté, esta vez la respuesta demoró mas -Es que no he dormido bien y estoy cansada- me tome unos segundos para pensar, en primer lugar tiene derecho, todos lo tenemos, pero eso no fue lo que me molestó, lo que me molestó fue saber que no había dormido bien por algo; la conozco prácticamente desde que nací, se exactamente cuando algo esta pasando o cuando simplemente no pasa nada; para que Emma se desvele debe pasar algo; así que respondí -Ok...pero recuerda que no siempre debo verte cuando estas bien, que descanses bss- a mi mente mil respuestas negando lo todo empezaron a formarse, mientras esperaba una contestación que jamás llegó.
Terminé el té y me dirijí a mi habitación, agarré un cambio de ropa y fui a bañarme. Sentía el agua correr por mi espalda hasta volverse pequeños cristales en mis piernas; permanecí bajo la cascada de cristales hasta que todo el vapor desapareció, me cubrí con una toalla y salí, me observé al espejo semi-empañado, mi rostro es bien parecido pero no me agrada del todo, mis cabellos caían por mi frente y hombros, cubriendo una cuarta parte de la toalla. Luego de vestirme y peinarme salí del baño intentando no pensar en nada excepto en que ya debía de haber llegado; cuando regresé nuevamente al salón la vi; su aspecto cada día me sobrecoge más, camine en su dirección y le abrasé -Oh cariño, ¿como estas?- lo mismo pregunto yo, pensé -Estoy bien,¿como te fue a ti?- como siempre, su respuesta fue la misma -Ya sabes como es, cansada pero me fue bien- creo que cansada sería poco, ella nunca me muestra su cara de dolor, siempre sonríe aún con lágrimas, supongo que es lo que hacen todas las madres aunque sigo pensando que no es sano que se guarde todo para sí, pero...¿de qué me quejo? yo hago lo mismo.
Regreso a mi habitación y comenzó a leer un nuevo libro, casi se me saltan las lágrimas en el segundo capítulo y la verdad era que no quería comenzar a llorar con la excusa de unas hojas ajenas a lo que siento, para encontrarme con que no podré detenerme una vez caiga la primera, por lo cual dejo el libro y me recuesto sobre el acolchado arrugado a esperar que el sueño me envuelva.
Sé que no está bien que guarde estas lágrimas pero ¿qué puedo hacer? no es prudente que las suelte, no cuando aún están despiertos, no cuando sé que si las ve solo la preocuparé más.
La relación que tengo con mi madre es muy buena, ella es muy atenta y se preocupa por mi, pero mas allá de eso no hay nada, es como una pequeña Sirio en el cielo, un cielo vacío, si consumo el calor de Sirio por completo ya no habrá nada que ilumine mi camino, no solo eso, no me permito apagar su luz para evitar tropezar con una roca, por ello...por ello y porque la quiero no permito que vea mi dolor.
Cuando mis ojos vuelven a abrirse ya ha caído la noche; me preparo la cena y de mala gana la ingiero mientras escucho como estuvo su día; una vez ambas terminamos, me da un beso y se marcha con mi hermana. Es la hora perfecta, sola, puedo llorar ahora, pero el caso es que no tiene sentido, estoy cansada de desprender cristales calientes cada noche cuando las luces se apagan. En cambio decido que es hora de hacer lo que siempre hago cuando me falta el aire, escribir. Apago todas las luces, excepto las que le dan vida al árbol navideño, me siento frente al teclado y sin poder evitarlo con lágrimas silenciosas intento que mañana no vuelva a leer la misma página.
Adiós Lusi.
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